LOS CONQUISTADORES DE LO INÚTIL

La historia que voy a contaros, no es una historia de grandes hombres que realizan épicas proezas. Ni de gente con un valor más propio de los cuentos de la antigua Grecia. Si no de hombres normales con más corazón que cabeza, que buscan cualquier excusa para poner algo de emoción a sus vidas, persiguiendo el sueño de llegar a lugares donde pocos llegan.
Me gustaría decir que en esta ocasión conseguimos, siquiera rozamos, ese sueño... pero no es así, tan solo pudimos alcanzar un pequeño objetivo, soñando con que algún día pisaremos, con doloridos pies y manos callosas, esa cumbre que nadie halla conseguido alcanzar…
Llevábamos más de un mes preparando una ascensión a la Albujea, después de días y días sin parar de llover. Y cuando el martes por la tarde hablamos para concretar horas, una vez más, tuvimos que descartar la idea por culpa de la condenada lluvia (no se puede luchar contra la meteorología. Por mucho que lo intentes siempre ganará). Así que decidimos irnos a la Pedriza de Manzanares, que aunque también podía caer algo de agua, había más probabilidades de poder escalar.
A las ocho y media de la mañana, oí una voz que me preguntaba “¿A que hora has quedado con Pablo?”. Mala señal que indicaba que me había quedado dormido. En veinte minutos preparé todo el petate con la comida, el agua, las cuerdas, la cámara, friends, fisureros, cintas espress… (Lo necesario), y salí a todo correr, intentando evitar el enfado de Pablo cuando llegase a la puerta de su casa una hora y cuarto mas tarde de lo previsto. Su cara era un poema cuando apareció por la parte trasera del edificio. Mezcla de sueño, enfado, y un poco de los nervios habituales que se tienen cuando sabes que ese día te toca hacer una escalada clásica.
Nos pasamos todo el viaje, pensando qué queríamos subir: la Cueva de la Mora, el Pajarito, Peña Sirio… y por fin nos decantamos por el Yelmo. Conocíamos, por las guías de escalada, la existencia de una bonita vía de unos ciento cincuenta metros, bastante asequible, con buenos y sólidos seguros. Nos decidimos por ésta, ya que era una de las cimas más emblemáticas de la Pedriza y ninguno habíamos ascendido por su cara Sur. Además, se trataba de una línea en la que, si empezaba a llover, podríamos bajar rápidamente.
En estas llegamos a la valla que da acceso al interior del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, mas conocido como la Pedriza. Allí, un simpático chico vestido de come-flores nos regaló un mapita y una bolsa de basura, (hay que cuidar el medio ambiente). Una vez dentro, el parking era un continuo vaivén de escaladores, familias que aprovechaban el día de puente, grupos de amigos… y allí estábamos nosotros, fieles a nuestro estilo, adelantando a unos y otros por el camino con un ritmo demoledor.
Tras una agotadora caminata de hora y media, con desorientación incluida, alcanzamos a ver, tras girar a la izquierda un pequeño risco, la Peña del Diezmo, mas conocida como el Yelmo. Parecía llamarnos a gritos a través de sus inmensas paredes, mientras caminábamos bajo su sombra. Pero de repente, nos dimos cuenta de que no eran las paredes las que gritaban, si no una pareja de escaladores inexpertos pidiendo consejo a voces a otra pareja, todos ellos colgados a más de cincuenta metros del suelo.
Con un poco de nerviosismo ante la amenaza de la tromba de agua, decidimos esperar a ver cómo se desarrollaban las nubes, fumándonos un cigarro aliñado con pipas. Localizamos el punto de partida de nuestra ascensión, y confiando en el respeto de la lluvia comenzamos a prepararnos. Arneses, cascos, cordinos, pies de gato… y de repente, apareció paseando entre las piedras un hombre, cuanto menos curioso. Empezó a preguntarnos sobre ascensiones y descensos, mezclando frases de escalada con clases de geología y botánica. Mientras intentábamos deshacernos de su abrumadora conversación, se dejaron ver unos ligeros rayos de sol, que nos dieron esperanzas de que podríamos librarnos de el y conseguir hacer cima.
Nos pusimos a lo importante, la escalada. El primer largo, de unos 15 metros, estaba chorreando de agua y me tocaba abrirlo a mí de primero, así que decidimos atacarlo por la izquierda, donde había un seguro de otra vía que estaba seca, para después de unos pocos pasos en diagonal, volver a unirnos a nuestro itinerario original. Monté la reunión y esperé a que Pablo, que cargaba con el mochilón, llegase hasta mí. En resumen, un primer largo fácil y corto. ¡A ver como se daban los demás!.
Esta vez era él quien tenía que ir de primero en una placa de casi cincuenta metros, con unas distancias entre seguro y seguro que harían “cagar ladrillos” al más puesto. Con algo de nerviosismo comenzó a escalar, un paso, otro, otro… Ya se encontraba a mitad de largo, y no le oía decir nada, estaba concentradísimo, intentando no pensar en una posible caída, (aunque de vez en cuando miraba para abajo y a mi me caía algún “ladrillito”, pero poca cosa). Montó la segunda reunión en medio de la placa de adherencia, y subí corriendo por la pared, son las ventajas de ir de segundo. Desde nuestra posición, a unos setenta metros del suelo y en uno de los picos más altos de la Pedriza, teníamos unas vistas espectaculares.
El siguiente largo que íbamos a afrontar, era muy parecido al anterior, placa de adherencia de muchos metros con muy pocos seguros, solo que encima esta vez, con un paso un poco mas duro que los demás, que Pablo superó sin dificultades, haciendo honor a su antiguo mote de “Maestro”.
En estas estábamos, cuando de repente me calló una gota en la mano, - ¡OH MIERDA, LLUVIA! – pensé, pero solo fue un amago y pudimos alcanzar sin contratiempos nuestra tercera reunión, a mas de 100 metro de altura. Abrí el último largo, más fácil que los otros, montando la reunión en un arbolito que intentaba crecer en medio de tanta roca. ¡Ya habíamos llegado a la cima de nuestro pequeño gran objetivo!
Nos sentíamos los reyes de la Pedriza, habíamos subido el Yelmo prácticamente corriendo, adelantando a otras cordadas y con amenazas de lluvia. Nuestra autoestima habría movido montañas. Pero ante nuestra sorpresa, cuando llegamos al poste geodésico que marcaba el final de nuestra ascensión, aquello parecía la… ¡mismísima Gran Vía de Madrid! Estaba todo lleno de gente en zapatillas y shorts que nos miraban flipando mientras nos pedían que les hiciéramos una foto de grupo.
¡Habíamos conquistado lo inútil! Aunque resignados, disfrutamos de nuestro piti cimero entre calcetineros a un lado y bonitas vistas de la nevada Pedriza Posterior al otro, intentando alejarnos, aunque fuese solo con la mente, de toda esa gente que deambulaba por allí… Y como todos los grandes proyectos se forjan en cimas emblemáticas, dimos rienda suelta a nuestros sueños de próximas ascensiones a lugares inalcanzables por el vulgo.
Todo el mundo nos dejó paso mientras descendíamos por la estrecha grieta -subida habitual a la cima- haciendo ruido al chocar entre sí todo el metal que llevábamos colgando. En poco más de media hora, estábamos de nuevo en la base de la vía, donde teníamos escondidas nuestras mochilas bajo una roca. Disfrutamos como tontos de unos sándwiches mientras nos tostábamos al sol madrileño, y una hora después, por fin alcanzamos el pequeño C4.
Cansados pero felices, seguimos pensando en el día que haremos realidad nuestro sueño de conquistar nuestra first ascent de “Los Barahona”.
vistas del embalse de Santillana

Pablo en el ultimo largo

Observando el panorama

REGALO PARA LA REMADRE

Como bien me ha recordado mamá esta mañana, las abuelas son remadres!!! Así que en homenaje también a ella, y ya que no tengo los dotes de Angélica para escribir, opto por colgar lo mejor de mí, mis niños!! Ya sé que me falta la foto de uno, pero no tenía ninguna reciente.
Como fue la fiesta del cole, vestimos a Mikel y a Nacho de vaqueros. Los dos estaban muy guapos y bailaron en la pista a ritmo de "no rompas más, mi pobre corazón...". Mikel llevaba el ritmo estupendamente y iba dando saltos las mar de emocionado, todo un espectáculo.
Maddi está cada vez más guapa. Ya sé que la foto es algo borrosa, pero es que es muy divertido ver a Maddi después del baño tumbada boca abajo y mirándose en el espejo. Se mira y se ríe se pasa así un buen rato y a su madre se le pone una cara de tonta.... Así que por eso ahí va la foto.
Un beso muy fuerte a mi mamá, que aunque lejos, no la olvido. Se te echa de menos!!!! Besos
Día de la Madre
Papá ayer estaba disgustado porque en el mes anterior nadie había escrito en el blog; una pena. He estado dándole vueltas y pensado qué escribir; la verdad, no se me ocurre nada. Así que he optado por dejaros aquí uno de mis cuentos.
Por ser el día de la Madre, se lo dedico a todas las madres de la familia: mamá, la abuela, Coté, Eva, etc. Que lo disfruteis.
Corría el año 1601, cuando acudí al estreno de su última obra. La esperaba desde hacia tiempo con la misma expectación de siempre. Me preguntaba cuál sería el plato fuerte esta vez. Cuando el personaje salió a escena de nuevo, en el acto IV, pensé que estaba enfermo, o que mis lentes empezaban a fallar. Allí estaba ella, con sus cabellos negros y revueltos, vestida con el mismo traje blanco. El personaje era una actriz de verdad, una mujer. No había duda, su hermosura era inconfundible. Mis recuerdos empezaron a mezclarse con la realidad.
Katherine era la niña más peculiar y hermosa de Stratford-upon-Avon. Siempre caminaba sola por las calles. Tenía una mirada profunda, como si escondiera un mundo dentro de sí. Parecía vivir indiferente a la realidad que le rodeaba.
William y yo solíamos escaparnos de la escuela. Las clases de gramática latina no tenían gran interés para nosotros, por lo menos durante aquellos primeros años. El señor John Cotton nos aburría con sus lecciones; el estudio de las declinaciones y las traducciones de los clásicos no fueron fuente de interés para nosotros hasta tiempo después, hasta no mucho tiempo después. Supongo que el suceso tuvo mucho que ver. Pero por aquel entonces, preferíamos el ruido de las calles y el mercado, los transeúntes abarrotados con novedades o las cacerías prohibidas en el parque de Sir Thomas Lucy, el juez local.
En nuestras correrías mañaneras solíamos encontrarnos a menudo con Kathy. Ella nos saludaba cortésmente como si fuéramos caballeros, y a nosotros nos gustaba seguirle el juego. William siempre le besaba la mano, como si se tratase de una gran dama o una princesa, y le recitaba algún verso aprendido en las clases de latín. No era más que una niña de 7 años jugando a ser de la realeza. Creo que su belleza y delicadeza era lo que nos hacían no sentir por ella otra cosa que compasión. Siempre con el mismo traje de tonalidades blancas, -por decirlo de alguna manera, porque la suciedad era tal, que nunca supimos su color original- y su caminar lento y reflexivo.
Aquella mañana Kathy jugaba, una vez más, a coger flores. La primavera había entrado con su mayor esplendor; la llamada de la madre tierra había hecho eco en nuestros cuerpos juveniles y escapando por la ventana del pasillo de la escuela Stratford Grammar School, corríamos calle a bajo sin querer mirar atrás. Una vez más habíamos huido sin ser vistos.
Nuestro plan consistía en ver si éramos capaces de cazar una buena pieza en los bosques. Nos conformábamos con una perdiz. Nuestros tirachinas habían sido confeccionados con la mejor madera del lugar y la puntería había sido adquirida mediante la repetición de actos de lanzamiento contra las palomas de la plaza. Todos los elementos nos reparaban un buen día.
En nuestro trayecto nos encontramos con la encantadora Kathy. La saludamos cortésmente y continuamos río arriba tras nuestra ceremonia habitual. Caminamos durante algún tiempo cuando, de pronto, nos dimos cuenta de que Kathy paseaba detrás de nosotros. Con su singular sigilo había pasado inadvertida. William y yo nos miramos. Él tenía mucha más mano con “la dama” que yo; me limite a mirar al suelo.
-Kathy, ¿no deberías volver ya a casa? Ya es tarde-
-No creo que haya nadie. Papá no llega de trabajar hasta la noche-
Era cierto, aquella criatura no tenía a nadie que la esperará en casa, ni a esa hora ni a ninguna. William se quedó un poco pensativo. Agachándose para ponerse a la altura de Kathy le dijo.
-Sabes, he visto unas flores pequeñas, pero muy hermosas, que han salido cerca del puente. Huelen muy bien y creo que podrás hacer un gran ramo con ellas. ¿Por qué no vas a ver?
-¿Estas seguro?
-Claro, que sí. ¿Mentiría yo a mi dama?- dijo en su representación de caballero.
La cara de la pequeña se iluminó. La belleza de aquella criatura tan débil resplandecía de felicidad. Dio media vuelta, y comenzó a caminar con pequeños saltos de alegría hacia el lugar.
William y yo nos pusimos en marcha. No habíamos mentido a la pequeña. Aquellas flores eran realmente hermosas. Había sido una forma digna y cariñosa de deshacernos de Kathy por un tiempo.
En el parque del juez nos tuvimos que conformar con un cuervo. La captura no estaba mal, el animal era realmente grande, pero ninguno de los dos podía llegar a casa con semejante presa. Allí nos quedamos haciendo tiempo hasta que dio la hora de volver a casa tras la escuela.
De vuelta, al pasar junto al puente, vimos a Kathy. Trepaba por la rama de un árbol, llevando en su mano un hermoso ramo. Nos asustamos.
-Katherine ¡baja ahora mismo de ahí!-. La pequeña se paró sorprendida. Era la primera vez que William le gritaba. No sabíamos que hacer. El pánico se empezaba a apoderar de nosotros mientras Kathy seguía subiendo y se aproximaba al extremo. William volvió a insistir, esta vez con más delicadeza, jugando con ella.
-Por favor, bella dama, venga aquí a entregar su hermoso ramo a este caballero.-
Pero Kathy no hizo caso y continúo trepando por la rama. Lo único que se me ocurrió fue salir a buscar ayuda. Era imposible que nosotros solos lográramos bajarla de allí. Y salí corriendo. Jamás he corrido tan rápido.
Lo que paso después, lo desconozco. Él nunca hablo de ello. Cuando llegamos al lugar, no estaban; los encontramos río abajo. William estaba sentado a la orilla de río, empapado de pies a cabeza y sostenía en sus brazos a la pequeña Kathy ya muerta.
Fue entonces cuando los versos de la Reina resonaron en mis oídos haciéndome volver a la realidad. La obra había continuado. En ellos descubrí lo que vio mi amigo.
“Allí, cuando trepaba para colgar en el árbol su corona silvestre, rompiéndose una rama pérfida, y cayo ella, y sus trofeos floridos en aquel arroyo de lágrimas. Extendidos sus ropajes en el agua, salía a flote cual sirena (…) No paso mucho tiempo, sin embargo, sin que el peso de sus vestidos, empapados de agua, arrebatara de sus cánticos a la infeliz, arrastrándola al cieno de la muerte.”
Sí, no había duda. Ofelia era ella.
Entendí entonces el atrevimiento de Shakespeare al introducir en la escena IV a una actriz, a una mujer en el papel de Ofelia. Era una forma de honrar a la pequeña Kathy, a su peculiaridad y hermosura.
Excursión a Ruidera y primer baño del año

Excursión a Ruidera y primer baño del año












